Biografía
de mi abuela*
Adoraba las orquídeas, el mondongo y a San Antonio
de Padua.
Los miércoles por la mañana abría
la puerta y recibía invariablemente a su huésped
invisible: "Buenos días, San Cayetano, pase
adelante."
Quiso ser monja, pero su labio leporino fue un escollo
insalvable. La impericia de Dios en el rostro de mi
abuela no era vista con buenos ojos en la Orden de Sión.
Se casó entonces con un hombre serio, pobre,
furibundo y bien intencionado, guapo como galán
de cine, tiránico como el director de un correccional.
Dócil y generosa, crió a sus casi diez
hermanas menores, a sus tres hijos, a tres de sus nietos,
(entre los que me cuento), varias generaciones de perros,
tres gatos, dos gallos y cuatro gallinas jardineras
con sus correspondientes pollitos, dos pericos, alguna
vez un pato, muchos canarios, de muy mala gana ciento
trece ratas blancas y por un período breve un
alcaraván.
No cocinaba muy bien, pero a veces cantaba.
Contrarió el deseo expreso de mi abuelo de convertir
a mamá en modista, a escondidas la mandó
al colegio. Mamá terminó en diputada y
cosía mal.
Su admiración irrestricta por los Tinoco le valió
la indignación de mi padre y el único
pleito familiar que presencié en mi infancia.
Encontraba de mala educación los comentarios
racistas pero tenía terror de ese novio negro
que finalmente no me deparó el destino. Cuidó
durante veintiún años a su esposo paralítico.
Casi nunca la vi llorar.
Decía el Padre Nuestro en francés y una
frase de corrido en el hoy ya olvidado malespín:
"Siñá sinbofi in lisi dacteroi."
Soñé contigo en loco desvarío.
Y con mi novio soñó en loco desvarío.
Que estaba helándose y le pedía café,
mal cubierto por una cobija roja. Mi novio se había
ido una semana de campamento. Esa noche precisa el viento
le arrancó la tienda. Durmió a la intemperie.
Cuando volvió, le adiviné el color de
la cobija.
Adivinaba el presente: sus parientes al morir venían
a decirle adiós durante el sueño. Al día
siguiente un telegrama confirmaba la noticia. No soñó
conmigo porque yo se lo pedí.
A los ochenta años se despidió de su hija
moribunda. No iban a verse más y las dos lo sabían
y fingían no darse cuenta. Decían banalidades
y lloraban.
Se tomaron de la mano porque el dolor no les dio ni
para un beso. Mi abuela alejándose en un pasillo
de hospital es el paisaje más triste que haya
visto en mi vida.
Su padre, farrero y bebedor, se juergueó el capital
de su madre. Menos una cruz de oro, labrada a mano en
tiempos de la colonia, que ella rescató de su
bolsillo siendo aún una niña.
Ningún libro de historia consignará su
hazaña. Su pequeño acto de heroísmo.
Por eso escribo hoy estas líneas. Para que muera
un poco menos.
La cruz la heredé yo. También la rebeldía.
* Este artículo lo publicó
Ana Istarú en el diario nacional
El Financiero.
Ana
Istarú
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